Skip to main content
El soldado que ganó todas las batallas en el Chaco

En el Chaco Boreal, el calor es —al decir del escritor boliviano Augusto Céspedes— un «fantasma transparente echado de bruces sobre el monte». Nos referimos a un sitio enseñoreado por el polvo y las espinas; territorio de vegetación aluvionante, donde la sed calcina la razón. En ese infierno verde, durante la contienda iniciada en 1932, marchaba un soldado que, sin portar un kurundu bajo la piel, era completamente inmune a la metralla. Hablamos de un combatiente que, en el balance definitivo de la historia, jamás conoció la derrota.

Su bautismo de fuego ocurrió en el abrazo férreo de Boquerón, donde el ejército paraguayo fue una auténtica kuriju verde olivo. Allí, entre el polvo omnipresente y el inconmovible morse de las ametralladoras, cuando la voluntad de los hombres flaqueaba bajo la furia incandescente del sol, este soldado sin rostro hizo oír su palabra serena en la que vibraba una resonancia ancestral que templaba el coraje en el fondo de las trincheras. Su aliento devolvió el orden al caos e insufló confianza en los pechos paraguayos. Fue suya la voz de mando que guio los asaltos hasta que el fortín amaneció envuelto en los paños blancos de la rendición boliviana y una vez más flameó allí la tricolor paraguaya.

En Nanawa, la mítica trinchera donde se quebró el orgullo del atacante, multiplicó su presencia bajo el diluvio moteado de la artillería, sosteniendo una defensa granítica que se volvió leyenda. Sin embargo, el destino de las armas es veleidoso. En jornadas luctuosas —como la de Cañada Strongest, donde el ejército paraguayo conoció la amargura del encierro, la rendición de algunas unidades y el repliegue—, aquel combatiente extraordinario se mantuvo invicto. Mientras los batallones retrocedían bajo la amistad silenciosa de la luna, él marchaba en la retaguardia, curando el orgullo herido y recordando a los hombres su origen. El enemigo pudo ganar aquella porción del desierto, pero jamás logró apresar a este centinela que salía indemne de cada escaramuza, batalla o combate cuerpo a cuerpo.

La obra maestra de su astucia militar la tejió en los cañadones de El Carmen. En el corazón de aquella inmensidad sedienta coordinó un cerco perfecto que estranguló a dos divisiones adversarias. Deslizándose en absoluto sigilo por las picadas y las líneas telefónicas, burló las escuchas enemigas y sincronizó los movimientos de miles de almas con la precisión de un latido unísono y telúrico.

¿Quién era este misterioso guerrero que decidió el destino bélico de una nación? ¿Y quién este artífice de victorias que no portaba al pecho una sola medalla? Este soldado invencible no era de carne y hueso: era la lengua guaraní. Por disposición del entonces coronel José Félix Estigarribia, comandante en jefe del Ejército en Campaña, el guaraní fue establecido como lengua de las comunicaciones militares. En una guerra de movimientos veloces, el idioma nativo actuó como una clave natural de cifrado, incomprensible para el espionaje enemigo, que solo hallaba un muro de fonemas indescifrables en sus escuchas de las líneas telefónicas.

El talento mayor de este insigne chakore estaba en su capacidad de cohesionar almas paraguayas. Mientras en el ejército boliviano la oficialidad daba órdenes en castellano a una tropa que sentía y sufría en quechua y aimara, el paraguayo era un solo cuerpo, una sola voluntad. Desde el comandante hasta el último fusilero, todos habitaban la misma palabra, ese ñe’ẽ que era la tierra misma de la que estaban hechos. La palabra-alma de los guaraníes. El idioma guaraní tendió un puente vivo entre las jerarquías. Fue la lengua que contó el chiste ronco antes del asalto, la que susurró consuelo al oído de los heridos y la que tejió, con hilo invisible, el destino mismo de la victoria. El Chaco fue testigo mudo e implacable: el mapa del Paraguay no quedó mutilado, y en aquel histórico triunfo tuvo una participación decisiva su soldado más glorioso y eterno, quien, sin disparar un solo tiro, ganó todas las batallas en los ígneos cañadones chaqueños.

Javier Viveros
Ministro de la Secretaría de Políticas Lingüísticas

Texto publicado en la revista Bartes #3, año 2, del ISBA.

 

Skip to content